viernes, 15 de enero de 2010

Página 157

Anoche a las 2.00 de la mañana me encontraba tirada en mi cama leyendo "El amante de Lady Chatterley". Las veces que había intentado dormirme no pude, así que seguí leyendo. Cuando estoy despierta a esas horas de la madrugada, mis sentidos se ponen alertas, sobre todo mis oídos. Estaba leyendo una parte "hot" cuando de pronto escucho ladrar a mi perra como si alguien la estuviera matando. Me levanto sigilosamente para no despertar a nadie (qué linda es la palabra "sigilosamente") y me asomo por la ventana, tratando de localizar a mi perra y hacia dónde ladraba. La encontré, también encontré a qué le ladraba, eran unas personas que iban caminando por la calle. Vale aclarar que vivo en un pueblo y a esas horas no hay nadie caminando por la calle. La perra deja de ladrar, la gente desaparece, se fueron caminando. Vuelvo a mi cuarto a seguir leyendo. Diez minutos después mi perra vuelve a ladrar, me asomo, eran mis vecinos que se iban (eso fue rarísimo, pero bueno, no era de mi incumbencia). Volví a leer. Volvió a ladrar mi perra. Había gente parada en la esquina de casa. Se fueron. Volví a leer. Mi perra no ladró más. De pronto escuché unos gritos. ¿Vieron la Naranja Mecánica? Eran gritos parecidos a los que emitía Georgie Boy cuando iban viajando en el auto hacia "Home". Sí, me cagué hasta las patas, aunque tenía la esperanza de que aparezca Malcolm MacDowell y me cagara a piñas si era necesario. El tema es que los gritos fueron cesando y yo me quedé tranquila y seguí leyendo. Sí, conté todo esto al pedo porque no pasó nada interesante. Lo interesante viene ahora: les dejo un fragmento de "El amante de Lady Chatterley" de David Herbert Lawrence.

-¿No le preocupa el riesgo? -preguntó con la voz apagada-. Debería preocuparle ahora para no la­mentarlo cuando sea demasiado tarde.
Había en su voz un ruego que era una extraña ad­vertencia.
-No tengo nada que perder -dijo ella casi de mal humor-. Si usted supiera en qué consiste pensaría que debía alegrarme de perderlo. Y usted, ¿tiene miedo por sí mismo?
-¡Sí! -dijo él rápidamente-. Lo tengo. Tengo miedo. Tengo miedo. Tengo miedo a las cosas.
-¿Qué cosas? -preguntó ella.
Sacudió de forma curiosa la cabeza hacia atrás, in­dicando el mundo exterior.
-¡Las cosas! ¡Todo el mundo! Todos ellos.
Luego se inclinó y besó de repente su cara infeliz.
-No, no me importa -dijo él-. Adelante y que se vaya todo a la mierda. ¡Pero si supiera que va usted a lamentar haberlo hecho...!
-No me deje -rogó ella.
El puso sus dedos sobre la mejilla de Connie y vol­vió a besarla repentinamente.

5 comentarios:

  1. En realidad, no sé que onda el numero de la suerte, por que jamás me dió suerte. Es como decis vos, un número que me gusta:)

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  2. quiero leer eso ♥
    Me mató lo de George Boy jajajaja

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  3. los dialogos me hicieron acordar a: ¿que pretende usted de mi?- (?) jajjaaj.
    te quiero lucia.

    lali.

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  4. Jajjajaja, tu perraa.. aajajaja, si no la conociera diria que es guardiana xD

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  5. Herbert Lawrence que tipo estupendo...
    Que suerte que no era nada...

    Tu blog , tiene toda la onda...
    Me encantó

    Besos

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